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jueves, 26 de enero de 2017

Somos Vida

Clara salía a diario a buscar una bombilla para iluminar su cuarto. Llevaba ya meses en la búsqueda y ninguna quedaba bien; algunas eran opacas, otras brillaban demasiado, y otras parecían funcionar pero se quemaban en segundos. Clara empezó a preocuparse, no podía seguir gastando tanto tiempo y dinero en conseguir la bombilla, así que inicio a conversar con sus amigos y amigas, haciendo preguntas sobre lugares, marcas y condiciones para encontrar esa bombilla. Incluso pidió prestadas algunas para intentar, pero ninguna funcionaba.
Esa mañana, Clara estaba muy cansada, la fatiga le mitigo el ritmo y las piernas le empezaban a doler; ya no sabía a dónde ir a buscar. Mientras cruzaba la calle se repetía: “Me duele ahí, en lo no nombrado”. Camino diez pasos y el pensamiento le abandono la cabeza. Continúo con el camino de siempre, a una velocidad bastante moderada, porque a cada paso le dolía más caminar.
Llego a su casa, entro a su cuarto; parecía más oscuro que antes. Tomo aire y fue a la cocina por unas velas. Las encendió, y algo en el techo le llamo la atención; era un alambre que no había visto antes, lo siguió con la vista y la llevo hasta una palanca. Se veía muy oxidada, llena de polvo y telaraña, como sin uso. Por curiosidad subió la palanca, se dirigió inmediatamente al interruptor y la bombilla se encendió iluminando cada parte del cuarto; incluso esa esquina empolvada. Y vio a la par de la palanca una pinta: ¡Somos vida!


martes, 1 de noviembre de 2016

Día de Muertxs


Estela se encontraba sola en su cuarto. Llevaba tres días sin salir de su casa, de su cuarto. Únicamente abría la puerta de su habitación para ir al baño o a traer más agua a la cocina. Ya no sabía cuántos soles habían pasado, ni qué en qué etapa de la Luna se encontraba. Llevaba ya tres días de una ansiosa búsqueda, esperando encontrar eso. Si alguien se atreviese a estar al rededor y le preguntase a Estela a qué se refería con eso, realmente no sabría qué contestarle. No sabía si era una emoción, un recuerdo, una sensación o una ausencia. Era muy confuso, pero seguía esperando. Fueron tres días muy largos y pues, ya se sabe, cuando los días se sienten especialmente así de largos, la soledad en sí misma era lo suficientemente solidaria -que se puede confundir con oportunista- como para no quedarse a sacar conclusiones.
¿Qué tanto podía hacer en su cuarto? Acostarse, estirarse, contemplar, dibujar, cantar, gritar, llorar, masturbarse… Oh, esta última, es un recurso cobarde de quien busca algo. Se masturbó la primera vez. No pensó en nada, solo sintió. Vino el primer orgasmo. Lo bueno de masturbarse es que los orgasmos o son reales o no lo son. No se puede ser lo suficientemente patética como para engañarse con un orgasmo falso,
asumiendo que eso es lo que se busca. Al menos, cuando se engaña a alguien más, si existió para alguno o para alguna. Segundo orgasmo. Tercero. Cuarto. Quinto. Sexto y medio. Cayó rendida con los brazos aguados. Tenía el cerebro oxigenado como quien ingiere algo para sentirse así. Pero aún así, no encontró lo que buscaba. Estaba desesperada. Agarró un bote de pintura y lo aventó contra la pared. Era pintura roja, sin querer. Empezó a formarse una figura -a según Estela- hermosa. Sintió tanta maravilla por la figura que se desnudó y empezó a frotarse contra la pared llena de color rojo. Se extasió, aunque dudó si era real porque algo no se sentía parecido o familiar. Al despegarse de la pared contempló la figura, era hermosa. Perfecta. Y allí estaba, lo había conseguido; encontró lo que buscaba. Vio la vida en su pared. El movimiento, la desesperación, la creatividad, las omisiones, los pensamientos, los criterios. Estaba todo en orden. Y supo por qué no lo sentía familiar; la vida no se siente igual, después de muerta. Porque el muerto, a los tres días, apesta.

Porque hay tantas formas de morir.
1/11/2016

viernes, 22 de enero de 2016

Alicia

Alicia es una educadora de nivel medio. Por varios años ha impartido varios cursos del área lingüística a los y las estudiantes de 5º Bachillerato de un centro educativo privado. A lo largo de su experiencia ha observado un fenómeno que le llama la atención; las diferencias en el rendimiento académico de estudiantes hijos/as de parejas no comparten profesión en relación a estudiantes hijos/as de parejas de la misma profesión. Al finalizar el ciclo escolar decide ahondar más en dicho fenómeno y se propone realizar una investigación al respecto.
Después de haber tomado la decisión de iniciar un proceso de investigación, Alicia se da cuenta que para poder llevarlo a cabo necesita disponer de un presupuesto que cubra los gastos que este representa, así que se dispone a buscar fuentes de financiamiento; entidades interesadas en el área en la que realizará la investigación que ofrezcan un subsidio para que el tema pueda estudiarse. Tomando en cuenta los elementos que, según su criterio, son los más relevantes en el tema, estructura el proyecto de investigación que presentará para solicitar financiamiento.
Una vez elaborado el proyecto, Alicia se acerca a varias entidades involucradas en el área educativa, entre las cuales encuentra tres interesadas en lo que les plantea: El departamento de investigación de la facultad de Educación de una universidad, la delegación de gestión de proyectos e investigación educativa del Ministerio de Educación y Un organismo internacional que conduce programas de innovación educativa en el país.
Haber encontrado tres posibles fuentes de financiamiento representa para Alicia un gran incentivo que le confirma que hay más personas interesadas en el tema que ella desea investigar; que lo consideran relevante y más aún, que la consideran apta para investigarlo. Sin embargo, el entusiasmo inicial de Alicia se va disipando… Ella se da cuenta que si bien comparte una visión sobre el objeto de estudio de su investigación con sus posibles fuentes de financiamiento, estas difieren entre sí de lo que solicitan que el proyecto contenga para que este sea tomado en cuenta. Aún peor, el contenido del proyecto según los requerimientos de estas entidades difiere también de lo que ella había planteado inicialmente.
En fin, en el afán de llevar a cabo la investigación, Alicia diseña diferentes proyectos según le solicita cada entidad. Para la Universidad, se ve en la necesidad de elaborar un complejo y detallado marco teórico, a presentar una tabla de indicadores según los objetivos planteados y a delimitar desde una perspectiva académica la justificación de la investigación. Para el Ministerio de Educación, se ve en la necesidad de plantear una hipótesis dentro de su proyecto, así como una proyección estadística de las implicaciones que los resultados de la investigación podrían tener en términos de inversión en recursos didácticos para el Ministerio. Para el organismo internacional, la hipótesis no es necesaria, ni lo es el marco teórico. En su lugar, solamente le solicitan delimitar los cuatro conceptos más importantes en la investigación. Por otro lado, le solicitan que adjunte a su proyecto cartas de las instituciones en donde pretende realizar el trabajo de campo en las que evidencien estar de acuerdo con este y bajo qué términos permitirán el acceso a la investigadora.
En este momento de la investigación, Alicia se encuentra a sí misma frustrada por los constantes cambios solicitados a sus proyectos y aburrida de presentar una y otra vez lo mismo. Después de haber modificado mucho de lo que inicialmente pensó que sería su investigación, el organismo internacional aprueba su proyecto y le da luz verde para iniciar su trabajo de campo.
Motivada de nuevo, Alicia inicia la segunda fase de su investigación, se acerca a varios institutos y colegios y hace uso de una serie de instrumentos que le permiten obtener la información necesaria en términos estadísticos pero también conocer la relación entre los números obtenidos y la dimensión afectiva de los sujetos/as de la investigación. Es allí en donde su experiencia como docente, completamente alejada del campo de la investigación, le permite comprender desde varios ángulos a los y las estudiantes participantes del proceso. Mientras realiza el trabajo de campo, que vale resaltar sí es lo que imaginó inicialmente, se encuentra con una serie de imprevistos como dificultad para reunirse con autoridades de los colegios e institutos, imposibilidad de entrevistar a algunos padres y madres de familia, traslape de horarios y actividades, etc. pero a pesar de ello, concluye con éxito el trabajo de campo.
Una vez terminado este proceso, Alicia se dispone a iniciar la tercera fase de esta investigación; la redacción del informe de investigación. Una vez más, guiada por los lineamientos de quien la financia, realiza el informe en un tiempo relativamente corto y después de varias revisiones y modificaciones, este se imprime y se prepara para su difusión. Al final ¿qué objeto tendría realizar esta investigación si sus resultados no van a ser difundidos?
Alicia redacta un resumen y un pequeño artículo sobre la investigación y se prepara para una entrevista sobre la misma. Al conversar con la institución que financió el proyecto sobre a quiénes se les daría a conocer el informe, Alicia se da cuenta de que la difusión no tiene caso si no se da a la audiencia correcta, de poco sirve presentar el informe a personas que no tienen injerencia directa en el área educativa; que no tienen la posibilidad de utilizar la investigación como un insumo para transformar y mejorar las prácticas docentes…

Resignada a utilizar los espacios de difusión disponibles, realiza varias entrevistas en radios locales. En una de dichas entrevistas, recibe la grata sorpresa de recibir la llamada de la coordinadora académica de un instituto público que casualmente no había tenido clases esa mañana y que al escuchar sobre la investigación realizada, decidió contactarla para poder conocer los resultados y poder, en base a ellos, diseñar programas para disminuir las diferencias en el rendimiento de sus estudiantes.

¿La visita fue la clave?

Francisco había tenido muy buenos trabajos, en general le habían buscado para ofrecerle empleo y le había ido bien.  Pensaba que esta crisis pasaría pronto.  No era una crisis económica, pues Francisco fue muy buen administrador, prudente en sus gastos y pensó siempre en aquello de “el que guarda siempre tiene”.  La crisis era más bien por el tiempo perdido.  Ahora que tenía “vacaciones obligadas” se aburría bastante y consideraba que su talento se desperdiciaba, por eso, sobre todo por sentirse dejado de lado, buscaba empleo.  Aquella semana empezó a buscar en los clasificados, pues hasta entonces su búsqueda consistía en enviar su CV a cuanta persona conocía (y no eran pocas) que pudiera ayudarle a encontrar un empleo.  “Aunque sea mal pagado” empezó a poner en los correos electrónicos el último mes.
La búsqueda en clasificados parecía una medida desesperada, pero Francisco encontró en ella una forma de entretenerse.  Le dio por leer todos los clasificados, incluso los de alquileres y los de colegios.  Esa tarea dio su fruto.  Encontró un anuncio de una institución para la cual había trabajado, fueron dos meses, pero había trabajado ahí.  Leyó con atención y envió su CV acompañado de todos los requisitos que le pedían en aquel breve anuncio: Carné de NIT, constancia de colegiado activo, antecedentes penales y policíacos, digitalización del título (por ambos lados) y sobre todo su propuesta de investigación.
Sólo después, al llega al trabajo de campo Francisco valoró en su justa dimensión la importancia que el tema de investigación tenía para el país.  En las “tres páginas (máximo)” que el anuncio le autorizaba a escribir para exponer un “Plan de Investigación” no lograba hacer planteamientos profundos, sino apenas plasmar las ideas más generales que tenía sobre las “Oportunidades y Retos para Educar sobre la Importancia de no Verter Aguas Negras al Río Jacintío, en la comunidad Altísimo Belén”.  Francisco imaginó muchísimas formas de educar,  pensó en las oportunidades que él veía y también en los retos que con facilidad identificaba.  Pero el anuncio era claro: “Investigación Participativa”.  De eso, no sabía mucho, pero sabía dónde encontrar información, más bien: a quién preguntarle.
Francisco escuchó de su asesor metodológico, Hernán, quien era amigo suyo desde los años en que empezó a estudiar en la universidad, que las investigaciones participativas se desarrollan en colectivo, según el ritmo y las necesidades de quienes se ven afectados por los problemas que se quieren resolver.  Por eso, en su Plan de Investigación, no aparecían todas las ideas que tenía para ayudar a educar en un tema tan importante, más bien, como le había aconsejado Hernán, se centró en proponer cómo acercarse a las personas para que ellas identificaran lo que debían hacer para educarse y proteger sus recursos naturales.
La llamada la recibió al día siguiente de haber enviado el correo.  Estaba leyendo los clasificados, cuando el teléfono lo interrumpió y una vos femenina, con mucha prisa, le explicó que la consultoría urgía y que su Plan era de los cinco que escucharían al día siguiente para elegir a tres personas que deberían presentar su proyecto de investigación.  Aunque él no entendió mucho, ella dijo dos veces para que quedara claro: “No recibirá honorarios por elaborar el proyecto, sólo se le pagará a quien gane la consultoría”.
Al día siguiente los nervios le ganaban, estaba en la sala de espera de una oficina de lujo, era la primera vez que iba a una entrevista sin estar seguro que el trabajo era para él.  Eso mismo le dio confianza, más o menos, pues se dijo: “No puedo perder este trabajo, pero sí me lo puedo ganar”. Había calculado mal el tráfico, así que llegó muy temprano y eso no le gustaba porque alargaba el tiempo de espera, aprovechó a ensayar en su mente la presentación que haría mientras fueron llegando las demás personas que también presentarían sus Planes.  Para su sorpresa, había personas de edades muy variadas, un joven que no despegaba ni la vista ni los dedos del teléfono; una mujer que quizá sería uno o cinco años mayor que él, que revisaba su teléfono como esperando una llamada, mientras balanceaba su pie sobre el tacón; otro hombre, ni tan joven ni tan viejo, que parecía presumir una tablet con la cual repasaba una y otra vez su presentación.  Él despertó en Francisco un temor: no traía ninguna presentación, ni en Power Point, ni en Prezi, ni en papel…
Para sorpresa de todos, incluyendo a la otra señorita que llegó un poco tarde a la entrevista y se unió al grupo cuando ya estaban en la sala de reuniones, la presentación la harían en presencia de los demás candidatos –“Y candidatas, había completado en voz baja la mayor de las mujeres” –debía ser una exposición rápida, sin la ayuda de ningún material.  El principal evaluador había dejado muy claro: “Deben convencernos de que saben de qué hablan y de que quieren hacer este trabajo”.  Dos días después cuando el evaluador llamó a Francisco para pedirle que preparara el proyecto, le explico que en la comunidad Altísimo Belén hay mucho frío y no hay acceso en vehículo: “Pero vos, podés aguantar esas condiciones”.  Parecía pregunta, a la vez que afirmación, así que Francisco no sabía cómo responder, hasta que su interlocutor dijo, “Sólo bromeaba, el frío sí te puede congelar, pero carro sí llega, no tengás pena.”
Al hablar con Hernán, sobre qué poner y qué no en su proyecto, Francisco tenía más preguntas sobre cómo era Altísimo Belén, cómo llegaría hasta allá y si aguantaría el frío.  Al leer el anunció imaginó un río fresco, cruzando un bosque cálido y muchas personas bañándose en él, ahora la imagen se parecía más a una pista de patinaje sobre hielo, que a un balneario en la naturaleza.  Distraído por esto, Francisco debía preguntar y volver a preguntar varias veces lo mismo a su asesor.  Hasta que él le dijo: “¿Vos ya fuiste a ese pueblo? Deberíamos ir, tal vez eso nos ayuda a entender porque te van a pagar tanto por este trabajo”.
La visita fue la clave.  Francisco escribió el proyecto en dos noches de desvelo, claro, luego Hernán pasó otras dos corrigiéndolo, pero es que Francisco pasaba el día imaginando que, terminada la consultoría, podría vivir un par de meses cerca del río Jacintío, eso sí, en la parte baja de la montaña en que se encontraba Altísimo Belén, pues razón tenían de haberle llamado Altísimo.  Sus ganas de volver le ayudaron a escribir sobre la importancia del proyecto, sobre cómo el cuidado del ambiente debe ser un esfuerzo comunitario y otros temas que ya conocía bien, pero que ahora tenían una imagen real asociada.
El proyecto de Francisco, como imaginará quien nos lee, fue el ganador.  Nuestro protagonista debió corregir varias veces algunos aspectos, pero encontró con facilidad las palabras necesarias.  Sabía que tuvo buen apoyo de su asesor así que cuando su proyecto fue aprobado y recibió un porcentaje de los honorarios como adelanto, pudo pagarle a Hernán por su servicio y convino con él que también colaboraría con la redacción del informe.
Ese informe lo iniciaron cuatro meses después, cuando Francisco ya había terminado el trabajo de campo en Altísimo Belén y otras cuatro comunidades más, las que le recordaban las aldeas que se representan en los nacimientos con pequeñas casitas de cartón, pues eran en realidad caseríos que se han formado cuando las familias crecen y se van estableciendo en los pequeños trechos planos de las montañas.  En fin, con aquellas familias, Francisco pudo platicar durante cuatro meses de las oportunidad y los retos que representa cambiar las costumbres de un pueblo conservador como Altísimo Belén.  Tenía mucho aprendizaje y no todo cabía en las veintiséis páginas de las que disponía para los resultados del estudio.  Las otras cuatro era para ilustraciones, demasiado retocadas para su gusto, del río Jacintío.
Recortó y recortó todo lo que pudo, hasta que, un mes después de terminar el trabajo de campo (tal como precisaba el proyecto) logró que los resultados cupieran en esas páginas, que la metodología no se extendiera más de dos y que aquel amplísimo marco teórico que incluyó en el proyecto, se viera reducido a las cinco páginas que podía ocupar en el informe.
El evaluador principal, le felicitó al terminar la lectura y le dijo: “lo bueno de un informe corto, es que la gente lo lee”.  Francisco no estaba muy seguro de que fuera suficiente razón para recortar tanto de lo mucho que había aprendido, pero “donde manda capitán…” así que asintió en silencio y se preparaba para salir de la lujosa oficina, cuando el evaluador le dijo: “En dos semanas, cuando la imprenta lo entregue, vamos a tener un evento para presentar los resultados.” Francisco pensó en las comunidades que ahora conocía y recordó que pocas personas saben leer allá, por eso su expresión fue de confusión.  El evaluador le comprendió y dijo: “El evento es para los donantes, para que vean que sí se puede salvar ese río.  Por supuesto que en Altísimo Belén, hay que implementar este proyecto, pero para que nos apoyen con más plata, hay que convencerlos de que se puede”.
Así fue como Francisco comprendió que su trabajo, que era suyo, de Hernán y de la gente de aquellas comunidades, sí tendría un impacto real; que no era sólo un proyecto para ejecutar los fondos como Hernán creía, sino que, traería más fondos que podrían usarse para proteger el río.  Se alegró auténticamente y le dijo a evaluador: “Si hay que convencerlos le tengo una propuesta: déjeme llevarlos allá” “¿Allá al Altísimo?” preguntó el evaluador, “No, allá al río Jacintío. Luego de la visita les explicamos los retos y enfatizamos las oportunidades”.

Claro, el plan de Francisco funcionó, consiguieron el dinero para implementar un plan de acción comunitaria para la protección del río Jacintío, no sólo en Altísimo Belén y sus cuatro aldeas cercanas, sino en las doce aldeas de la cuenca.  La visita fue la clave.  

miércoles, 29 de octubre de 2014

Relato

Fue tremendo. Yo estuve allí. Un día un hombre decidió taparse los ojos y vivir así porque estaba cansado de que sus ojos fueran los culpables de la cosificación de la mujer. Fue tan increíble su descubrimiento que todos los hombres lo empezaron a hacer. Cuando dejaron de disfrutar el cuerpo de la mujer por medio de los ojos y empezaron a apreciarla por medio de olerlas, saborearlas, sentirlas y acariciarlas, el mundo cambió, porque para sentir de esa forma a una mujer solo era posible cuando una mujer se le acercaba.
Así fue como dejaron de haber violaciones sexuales contra las mujeres.
Al paso de muchos años se atrevieron a quitarse las vendas y a ver con nuevos ojos a las mujeres. Para que esto pasara, algunas generaciones pasaron su vida entera sin quitarse las vendas.

-Ana.
Nosotras, Las Dignas.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Prico En Pasado

Se cuenta la historia de Prico que creció con alas verdes. Era un ser hermoso, brillante, suave y alegre. Sus padres al notar su don de justicia, muy orgullosos de el, lo sacaron del cesto a muy temprana edad, pues estaban seguros que podría lograrlo solo.
Pasó el tiempo y Prico se convirtió en un joven muy inteligente y audaz, pero ante todo, un ser noble, solidario y como siempre, justo. Todas y todos amaban a Prico, no habían dos como él. Un día un ser humano logró descubrir cómo entrar al mundo de los cestos y al aventurarse en la comunidad, le encantaron las alas de Prico. Celoso y envidioso de la belleza de sus alas, decidió que las quería para el, como pueden ser los seres humanos. Así que se las ingenió para golpearlo con un palo en la cabeza y éste al estar inconsciente, lo metió en una bolsa y se lo llevó al tenebroso mundo humano. Lo hospedó en su casa que era muy grande porque tenía muchísimo dinero.
Pasaron las horas y Prico abrió los ojos. Asustado al ver tanto gris -se encontraba en un sótano de cemento- empezó a gritar. El humano bajó al escuchar los gritos y le pegó en la cara para que se callara. Prico le pidió que lo dejara ir y el humano se reía ante su ingenuidad. -¿Qué comés? le preguntó el humano. -¿comer? preguntó Prico. -Si, a huevos, tenés que comer sino ya no me servís. -Supongo que se refiere a la forma en que uno adquiere energías. Nosotrxs nos alimentamos con las energías de lxs otrxs. El humano pensó que mejor inversión no había hecho. -Ni le tengo que dar de hartar -pensó.
Pasaron los días y Prico estaba flaco. No se había alimentado de las energías de nadie, porque solo había tenido contacto con el único ser que conocía de ese mundo y no se quería alimentar de las energías de él. Una tarde el humano bajó y le inyectó un líquido al brazo de Prico -estaba amarrado, por eso no pudo hacer nada- y se quedó dormido. Esperó unos minutos y lo golpeó en la cara para ver si la droga había funcionado; era muy efectiva. Con un machete el humano cortó las alas de Prico. Cuando éste se levantó no encontró sus alas. Lloró amargamente por un momento, pero luego empezó a sentir odio, mucho odio. Jamás había experimentado ese sentir, pero al hacerlo, empezó la transformación. Prico sintió como sus huesos se movían y su corazón se achiquitaba. Le dolió un poco la cara y vio como sus plumas se fueron convirtiendo en pelos. Cuando se vio en el reflejo de un vidrio se llevó la peor de las sorpresas; era similar al humano. Estaba espantado ¡horrorizado! Inmediatamente todos sus recuerdos de la comunidad de los cestos se hacían cada vez más borrosos. No podía evitar las lágrimas, pues la desesperación no era tenue. Con enojo se arrancaba los pelos que le salían, pero éstos volvían a salir y continuó así hasta que la piel le sangraba y desistió. Sentado y con la derrota mental se habrá quedado dormido por unos 5 minutos cuando el humano lo llegó a patear. -¿Y a vos qué te pasó? Asombrado le preguntó. -Que putas te importa. Le contestó Prico. El humano anonadado por la transformación sintió una pequeña responsabilidad y culpa, pero luego se le pasó. -Mirá, lamento mucho lo que te pasó, pero ahora sos humano y yo te puedo ayudar.
Prico pensó en cómo le podría ayudar el ser que lo llevó a la peor situación de su vida. Sin embargo, y como ya tenía alguna esencia humana, aceptó y fue lo peor que pudo hacer.
Cuando el humano le preguntaba que quién era, Prico contestaba con su nombre y el humano lo golpeaba con un cincho hasta marcarlo a tal punto que pareciera que se le reventaban los poros. -¡YA NO SOS PRICO, AHORA SOS UN HUMANO!
Y así hizo el humano con muchas preguntas y respuestas hasta que Prico, dejó de ser. Ya no era. Dejó de ser y de estar. La nada empezó a existir en el corazón de Prico.
Por azares de la vida y por trágicas consecuencias y penosas circunstancias; Prico se hizo Presidente. Tuvo el descaro de ser Presidente de Guatemala luego de haber sido partícipe activo de las masacres humanas más grandes que ese país pudo experimentar. Que toda Centroamérica pudo experimentar. Muchos indígenas murieron. Muchas personas fueron asesinadas y torturadas. Prico fue uno de los que torturó y al hacerlo solo pensaba en los golpes que el humano le había dado a el cuando lo estaba ayudando a convertirse humano.
Ahora que es Presidente, ya no es justo y pareciera que podría emplear las mismas estrategias de bastantes años atrás. Algunas personas tienen miedo, a otras no les importa y otras, que pareciera que tuvieran alas, quieren un lugar mejor.
El humano se hizo pasar como padre de Prico y si no pudiera existir acto más cínico y malvado, tiene las alas de Prico en su sala. Jamás encontró una forma de usarlas el mismo. Prico entra a la sala de su papá sin recordarse que él alguna vez tuvo alas. Que alguna vez voló y que al hacerlo era feliz. No recuerda que fue muy amado y que fue justo en algún tiempo atrás.
Prico ya no es verde, ahora es anaranjado.

viernes, 25 de julio de 2014

Ah Oh

Desde que el mundo es mundo la Tierra ha mantenido a seres dominantes que han cambiado con el tiempo, ya saben, el poder. El poder que puede ser razonado, inconsciente, pensado e intencionado. Ahora, por la falta de conocimiento de la autora para profundizar más en el tema, podemos mencionar que los dinosaurios lo fueron en su momento -los dominantes- y ahora somos los humanos. Pero, también, desde que el mundo es mundo, la Tierra ha sido históricamente conflictiva. Perdón, corrijo. La Tierra ha sido la cuna de humanos históricamente conflictivos-conflictuados.
Ya van dos guerras mundiales. Centenas de mini guerras más focalizadas según su región y según las necesidades de ambas (o todas las) contrapartes. Y una guerra de cuarta generación de la que no estamos conscientes (o no queremos estarlo). Sin embargo, hubo un caso. Un caso excepcional como ningún otro que marcó el rumbo de la historia. Definió el antes y el después. Muchos piensan que es la Mesías Salvadora que vino a corregirnos a todos y a todas.
Manuel, un comerciante encuentra a una mujer desnuda tirada cerca de la placa que hace memoria a Luis de Lión en la segunda avenida del centro histórico. Le comenta la historia a la prensa con tal de recibir un poco de dinero extra y a la mañana del día siguiente se volvió noticia viral por todas partes. En el Facebook las personas publicaban fotos de ella solidarizandose con su situación. En Twitter el TT o trending topic de ese día y del día siguiente fue: #TodosSomosAhOh. ¿Ah Oh? Si, así se llama la chica.
La prensa trató de entrevistarla, pero no contestaba. Es más, pareciera que no entendía nada. Es más, si no fuera por su bien formado y tonificado cuerpo, no pareciera que fuera humana. La llevaron al San Juan de Dios y tenía una perfecta salud. Los doctores estaban impresionados con su falta de pruebas de que hubiera tenido alguna enfermedad severa alguna vez. Ya sabe, de pruebas nos valemos todxs. Sin embargo, como hablar es de humanos y ella no hablaba, la mandaron a recibir ayuda psicológica.
Una Psicóloga de renombre la atendió. Era un caso para ganar fama y nuevos pacientes en su clínica de la zona 14. Tan cabrona era la Psicóloga esta, que hizo muchos descubrimientos. El primero y tal vez más importante, aunque luego el lector evaluará cuál fue más importante; Ah Oh no era conflictiva.
-Retrosedamos un poco- Se preguntará usted ¿Cómo se supo que se llama Ah Oh si no puede hablar? Resulta que al tratar de entrevistarla ella se señalaba el pecho y decía repetidamente "Ah Oh" y como ya saben cómo somos los humanos que le ponemos nombre a todo; su nombre es Ah Oh.
Seguimos... Ah Oh no era conflictiva. ¿Cómo alguien no se ha contagiado con esa enfermedad? No era conflictiva, destructiva. Un ser sin apego material, sin envidia ni codicia. La terapia con su Psicóloga llevaba meses. Un día Ah Oh vio algo diferente en la cara de su Psicóloga; tenía ojeras, su pelo lucía distinto, estaba pálida. Con el profesionalismo con el que atienden los Psicólgos, la Psicóloga la saludó con una sonrisa y un cálido apretón de manos. Con toda la sorpresa que merita el caso, Ah Oh la abrazó. Si, este ser no humano demostró amor desinteresado. Fue tanto el impacto para la Psicóloga que ésta publicó un libro sobre su paciente; "Ser Humano Puede Ser Posible Para los Seres Humanos". Causó un revuelto mundial. Best Seller en muchos países y de todas partes del mundo venían a Guatemala para conocer a la protagonista de ese libro. La economía de Guatemala subió en porcentajes altísimos gracias al turismo que atraía. Guatemala empezó a tener mejores posiciones políticas en las decisiones del mundo. Todo esto en el contexto del Papa Francisco de la Iglesia Católica pero cuando éste murió de un disparo en la cabeza, el siguiente Papa fue Benedicto XVII de Santa Rosa, Guatemala.
Guatemala se posicionó como potencia mundial y por si no fuera poco, gana el siguiente mundial de fútbol.
¿Todo por Ah Oh? Pues si. Ah Oh le enseñó al mundo que se puede vivir en armonía al no seguir los patrones culturales tradicionales. La gente se empezó a abrazar. Los humanos empezaron a amarse sin importar su sexo. Realmente una revolución mundial y la Tierra era verde, sana y productiva. Fin.


Por si al lector todavía le interesa saber cuál es la segunda cosa que la Psicóloga descubrió y no le importa desilusionarse de la historia, puede leer el siguiente párrafo.

Como comenté que la Psicóloga era tan cabrona que también descubrió por qué Ah Oh no hablaba, ni usaba ropa, no se enfermaba y no sabía comunicarse. Resulta que Manuel, el comerciante del principio, es realmente un traficante de animales exóticos. Venía de su viaje de Petén y traía animales para venderlos a un comprador de una familia millonaria en Guatemala (Raúl Cofaño). Pues, unas semanas atrás había puesto trampas en forma de jaulas para atrapar monos allá en la selva. Saber cómo fue que pasó, pero dos "monos" quedaron atrapados en la trampa. Uno de ellos era Ah Oh. Cuando los metieron al camión se dieron cuenta que iba una patoja hermosa a la que quisieron violar, pero al darse cuenta de la peculiaridad de la mujer, la sedaron e hicieron como que la encontraron en la esquina de de Lión para vender la noticia por varios miles de quetzales.
Así es, la única forma en que un ser humano tuviera las cualidades de Ah Oh era que hubiera sido criada por un animal. Su madre, fue vendida a Raúl por miles de quetzales y a la hora de que la prensa tratara de entrevistar a Ah Oh, ella pronunciaba esos sonidos porque Ah Oh, en la forma de comunicarse entre monos significa "familia". Ah Oh preguntaba por su madre y nadie la entendía.
Claro, esto segundo la Psicóloga ya no lo divulgó.

miércoles, 18 de junio de 2014

Id, Ego y Super Ego

Ana
Esta es una historia de sucesos muy antiguos. Escondida por su revelador contenido para la época en que acontecía en un país muy lejano y en un lugar muy pequeño. Ningún ojo la ha visto antes, hasta ahora.

Ana de 18 años siempre figuró como la que primero se casaría de sus amigas. Su flamante belleza que le envolvía su bronceada piel dorada. Su frondosa cabellera negra, labios rosados, pestañas dobladas y ojos café hacía de su rostro un marco armonioso y perfecto para cualquier hombre interesado en dejar agradable descendencia. A su edad, su cuerpo desarrollado hacía una mezcla entre fuerza y delicadeza. Sus piernas bien formadas por las largas caminatas y los redondos senos heredados de su madre conjugaban con la belleza de su rostro, pero no lo consiguió ya que Violeta se casó a los 14 y Sofía a los 16. Violeta siempre gozaba, en apariencia, de haberse convertido en mujer antes que las tres. A Sofía, por otro lado, le preocupaban otros temas; la sequía de la tierra y por ende la falta de agua y alimento. El marido de Sofía compartía sus pensamientos; él se preocupaba por la alimentación de su familia y le robaba las ideas a su fiel esposa para tomarlas como propias ante sus amigos. A Sofía parecía no importarle, es más, lo disfrutaba ya que era su forma de "conversar" de los temas que a ella le preocupaban en una época donde la mujer no podía pensar en estos temas; le daba, hasta cierto punto, unas gotas demasiado placenteras de poder. Violeta se había adaptado, acomodado, acostumbrado a su marido. Cuatro años de matrimonio la había hecho la esposa perfecta; bella, callada, trabajadora y procuraba siempre oler muy bien. Ese olor a rosas que despertaba el animal en su marido y hacía que la tomara en las noches que a él se le apeteciera. Ana, por otro lado, seguía siendo una niña. A sus 18 años no le preocupaba convertirse en mujer. Claro, sus padres preocupados no pensaban igual, así que un día decidieron hablar con sus vecinos que tenían un hijo, Noel, con la misma mala suerte en asuntos del matrimonio. La esposa de Noel a los 6 meses de casados, la muerte la alcanzó y sin dejar descendencia, murió. 
Así fue como Ana se casó. Se casó con un hombre al que no conocía. Corría la desdicha de no haber sido cortejada, así que no sabía que clase de hombre era, pero ¡qué clase de hombre es! -pensaba Ana. En su noche de bodas, su consorte no la tomó y con un beso en la frente  la despidió a los sueños de la noche. Ana nunca había dormido con un hombre. 
Sin desposarse, con el tiempo se hicieron amigos. Noel le contaba cómo había enviudado y cómo eso le había destrozado la vida. La forma en que había amado a su difunta esposa y cómo ésta le había amado a él. Ana se emocionaba al escuchar tales historias de amor y parecía no importarle que su actual esposo se las contara. Era como un cuento de fantasía y ella imaginaba cada historia como propia. No era normal que un hombre tratara así a una mujer. Bien dicen las escrituras que mandan a los hombres a no pecar de escandalosos al hablar de más a su mujer o al escucharla, ya que todos saben la fama de las mujeres al ser malvadas y lujuriosas hasta en los gestos.
Ana cumplió 19 un 14 de abril. Llevaban un año de casados. En las reuniones matutinas en el río para acarrear aguar, Violeta contaba su vida con sus tres hijos. Sofía se alarmaba que cada vez había que hervir más el agua, porque en los pueblos aledaños sacaban mucha basura cerca del río. También hablaba sobre las insuficiencias en cuanto a las destrezas de los mercaderes en el centro del pueblo y claro, hablaba del amor que le tenía a su único hijo. Ana las escuchaba y ellas esperaban que Ana les contara sobre su vida de casada, más no lo hacía, ya que sabía que la relación con su esposo era de amistad y no se había escuchado con anterioridad que una pareja de esposos fueran amigos ¡ni pensar!
Ana regresó con el agua a su casa y por sorpresa se topa con Noel. Sonrojada se quedó al ver que éste tenía el sexo erecto y que la miraba de una forma que no la había visto antes. Ana ignoró la mirada y se dispuso a preparar el agua para hervirla.  Pasaron los minutos y sintió la respiración de Noel en su cuello. Éste sin tocarla solo la olía y respiraba. Ana no se quitó. Su eriza piel hizo que se volteara con los ojos casi cerrados. Como pidiéndole permiso con la mirada, Noel la tomó de la cintura y le besó las clavículas. Sus respiraciones se aceleraron y al fin, se coordinaron. Poco a poco fue Noel subiendo sus besos y cada vez más mojados llegaron a la boca de Ana. Sus labios empezaron a bailar y algunas mordidas se hicieron presentes. Ana sentía un cosquilleo entre sus piernas que no había sentido antes; tenía ganas de abrirlas. Noel metió sus dedos entre el sedoso pelo de Ana y jugando con el, hacía que moviera su cabeza al ritmo que el quería. Ana sentía el marcado abdomen de su pareja, que sin querer, lo tenía bien formado gracias a los trabajos físicos a los que Noel se dedicaba, por lo que tampoco le costó levantarla y sentarla en una mesa de madera que el había hecho unas semanas atrás. Sin pensarlo, Ana empezó a meter sus manos cada vez más adentro del pantalón de su pareja, cuando de repente reaccionó sobre lo que estaba pasando y más aún, lo que estaba por pasar. Noel se dio cuenta de su expresión y sin dejarla pensar mucho, le empezó a besar las orejas; esos besos que le hacen el pensamiento imposible a cualquiera que los esté experimentando. Ana cerró los ojos y dejó que Noel hiciera lo que tenía que hacer; después de todo el ya sabía lo que era amar a una mujer. Recordó una conversación que tuvieron hacía unas semanas atrás en donde el le comentaba que solía bailar con su difunta esposa y como estos bailes verticales terminaban siendo bailes horizontales. Ana pensaba que estaba a punto de bailar horizontalmente. ¿Era macabro que Ana pensara que gracias a su difunta esposa ella disfrutaba ahora? ¿Era pecaminoso sentir tanto placer? Justo en ese último pensamiento empezó la revolución de Ana. Sin embargo, todavía no se terminaba. Luego de un excelente ritual introductorio sintió como la carne de Noel ingresó en ella. Fue casi de sorpresa. Ella sabía que en esas cosas de mujeres casadas el hombre y la mujer se hacían uno, pero la realidad siempre supera la imaginación (para bien o para mal). Si, estaban bailando. Bailando sin música. Bueno, en realidad la música la hacía el somatar del catre (sin que se dieran cuenta ya no estaban en la mesa de madera, estaban en el catre) y el rechinido de las patas del mismo. El placer aumentaba... ¿cómo es posible que sus amigas con años de casadas nunca le habían contado de estas cosas?... El placer aumentaba. De repente sintió una presión en el vientre. Dejó de respirar y por momentos se recordaba que lo tenía que hacer. Tenía los ojos cerrados y cuando notó que los tenía así, los abrió para darse cuenta que Noel parecía estar experimentando la misma situación. Por no romper con el pudor que se trataba de mantener en la época, digamos que el néctar de Noel recorría como río dentro de Ana. Ah, cómo los conceptos de pudor pueden cambiar.
Ana dejó de apretar sus manos y aflojó las piernas. La cabeza le hormigueaba. Noel se había acostado encima de ella y por alguna razón, de esas que no nos explicamos pero que no nos afanamos en buscarles explicación, Noel no pesaba. Sus carnes seguían conectadas. Bueno, lo conectado trascendía de la carne. Sin preámbulos Noel besó de nuevo a Ana con la misma pasión con que habían empezado todo el ritual, pero con más ternura. ¿Acababa de pasar todo eso? Durmieron.
A la mañana siguiente Ana se levantó con una relajación que ni las plantas del jardín de su abuela habían experimentado. Con mayor energía se dirigió a traer agua al río y de costumbre, sus amigas de la infancia estaban allí. Ya que no era usual que Ana platicara de sus asuntos de matrimonio, prefirió sonreír por dentro para no perder el pudor. Pero su felicidad sobrepasaba los límites de su piel y Sofía, la más observadora, la cuestionó. Ana no contuvo la alegría y les contó todo. Todo. Violeta bajó la mirada mostrando indiferencia y Sofía se emocionó junto con su amiga. Sofía estaba experimentando esa sensación comparable con un ser querido que se muere de avanzada edad. "Qué bueno que descansa, pero que mal que se fue". Así se sentía Sofía. Claro que ella disfrutaba de "los bailes horizontales" -como muy acertadamente contó Ana- Claro que los disfrutaba. Claro que los disfrutaba, se seguía repitiendo en su mente. Pero, ¡vaya que nunca había experimentado lo de Ana! Lo de Ana había sido, una historia que no era permitida para las mujeres. Violeta seguía recogiendo agua y sacando el musco de su cubeta. Nunca dijo nada, pero sus amigas sabían que su relación con su marido no era muy buena. Todos los vecinos escuchaban los golpes. "Me caí de las escaleras" -decía. Claro, Violeta no tenía escaleras en su casa -la casa de su marido- pero era la broma oculta en una triste realidad. Realidad que era de los más normal y que Sofía era la anormal y la situación de Ana lo era aún más. Regresaron a sus casas y Ana se encontró con su, ahora amante, Noel. Platicaron por horas. Noel ya no le hablaba de su difunta esposa. ¿Acaso el sexo une las almas que sin lo carnal no se dan cuenta de su unión? Entre plática y plática, Ana le comentó a Noel la envidia de sus amigas en la plática matutina. Noel se alteró. Jamás se había alterado con ella. Era un peligro que las mujeres envidiosas regresaran a sus casas con sus maridos para contarles las bonitas experiencias de otras. Eso era un peligro para el ego de sus amigos y Noel le explicó que su relación -la relación entre Ana y Noel- era como ninguna otra y era peligroso en esa sociedad que se supiera que Ana era una mujer que daba y recibía placer a antojo. Desde ese día Ana, Sofía y Violeta platican de la suciedad del río, de que tan borrachos sus maridos llegan y los secretos de cocina que como buenas amigas se vale compartir. Violeta no podía hablar de su falta de placer, Sofía no podía hablar del juego de poder que manejaban con su esposo y Ana no podía hablar de todos los orgasmos que tenía semanalmente. 
Cuenta la leyenda que esto, todavía le pasa a muchas mujeres. Si, leyenda.

lunes, 21 de abril de 2014

Hasta Conocer al León de Judah -Parte 3-

Mientras bailaban, Kahina no pudo evitar tocarle los hombros, los brazos, las manos. Era la primera vez que tocaba a un hombre sin que éste fuera su padre, su hermano o el maestro. Resultaba excitante y le provocaba adrenalina el hecho de tenerlo tan cerca. Mientras Kahina alucinaba y soñaba despierta con su vecino, vio como el movió la boca e inmediatamente asumió que el le había hablado y ella por estar fantaseando con el, no le escuchó. "¿Qué dices?" -Le preguntó apenada. "Que tu eres Kahina ¿verdad?" -Le repitió su vecino. Ella asintió con la cabeza e inmediatamente se sintió avergonzada de no saber su nombre. Kahina estaba petrificada en su mente pero su cuerpo seguía el ritmo de la música. "Yo me llamo Aashiq" -Dijo su vecino riéndose, ya que sabía que no había forma que Kahina supiera su nombre teniendo un esposo como Aaghad. "Siempre te había visto, pero nunca me había atrevido a hablarte." -Continuaba Aashiq. Kahina pensó que debía decir algo. No podía permitir que Aashiq pensara que ella era tonta, y dijo lo primero que se le vino a la mente "Yo también siempre te había visto, pero mi..." -Suscitó un momento antes de decir la palabra "esposo" debido a lo que sentía por Aashiq, pero después sintió culpa y le dijo la verdad. De igual forma ¿no era obvio que ella ya había sido tomada? Así que continuó "pero mi esposo no me dejaba hacer muchas cosas" -concluyó. "¿Dejaba? ¿pasado?" -le cuestiono Aashiq. "He decidido marcharme" -contestó asertivamente la joven muchacha. "Ya no podía seguir viviendo de la forma en que vivía, estoy segura que alguna vez viste como me... como me..." "No es necesario" -interrumpió Aashiq. "Me siento un poco mal de decirte esto, pero me llena de alegría que lo hayas hecho. Aaghaa es el típico hombre que piensa que puede hacer lo que se le de la gana con las mujeres" -afirmaba. Kahina no podía creer lo que escuchaba de la boca de Aashiq ¿en realidad un hombre podía pensar así? Si, si podía aparentemente. Cuando la música dejó de sonar ambos pensaron que no podía ser el final del baile. Se miraron fijamente. Aashiq sabía que Kahina jamás daría el primer paso. Se acercó a ella y la beso. Kahina no sabía lo que estaba pasando, pero ese 14 de agosto había sido su primer beso. Semanas después ella recordaría como había sido la forma tierna y sensual en que había visto sus ojos y luego como canicas rodando, sus ojos se dirigieron a su boca. Cómo la tomó de la mandíbula izquierda con su masculina mano derecha y se acercó para topar sus labios con los suyos, no si antes humedecerlos un poco. 

Ese mágico y monumental 14 de agosto le dio un nuevo giro a su viaje; un giro que se daría cuenta más adelante. "Disculpa si te he ofendido" -dijo Aashiq con la sonrisa escondida. "De ofensa no he experimentado nada" -respondió Kahina con la sonrisa no tan oculta. Caminaron juntos por la casi calle principal platicando de tonterías y no tan tonterías. A Kahina ya no le preocupaba parecer inteligente frente a el. Estaba cómoda. Las horas pasaron y la luz del día se despedía en un paupérrimo atardecer. "Amante" -le dijo espontáneamente a Aashiq. "¿Eso significa tu nombre verdad? en algún lugar lo escuché. Es hermoso." -dijo sonriente Kahina. Se quedó pensativa algunos minutos. Minutos que recalcaban una verdad inevitable para ella. Las conclusiones eran determinantes. Cuando estaba a punto de expresarle sus pensamientos a su compañero, éste le dice: "Guerrera". Unos segundos de pausa. "¿Cómo dices?" -Le preguntó Kahina como si esa palabra le hubiera penetrado en el pensamiento borrando todo lo que había pensando hace unos segundos. "Guerrera significa tu nombre ¿no lo sabías?". Todo tenía sentido ahora. Desde que nació ya era una guerrera y una guerrera lucha a pesar de los lamentos de su ambiente. Las ideas que rondaban su mente antes que Aashiq dulcemente la interrumpiera inundaron nuevamente su mente. Aashiq era un amante y ella una guerrera; tenía que seguir luchando para poder estar con un verdadero amante y no con uno que se hiciera llamar el maestro. Un juego de palabras que surgió de sus nombres pero hacía mucho sentido para ella. "Aashiq, tengo que seguir mi viaje, tengo que seguir luchando". -decía Kahina con indicios de lágrimas en los ojos. "Yo te entiendo" -con tristeza le contestaba Aashiq. "Sigue, guerrera." 

Así se levantó Kahina y sacó un trozo de papel y con su lápiz le escribió un poema que se sabía de memoria gracia a su madre llamado Viaje que pertenecía al primer Nobel de literatura africano y negro Wole Soyinka:

VIAJE
Aunque llegué al final del viaje,
Jamás sentí que hubiera llegado.
Tomé la carretera
Que sube despacio la cuesta de las preguntas, y que me lleva
Incluso a descender a la tierra que conduce a casa. Yo sé
Que mi carne está limpiamente mordisqueada, perdida
Para el perturbado pez entre las vainas susurrantes-
Yo los dejé atrás en mi ruta.

Y así también con el pan y el vino
Necesito la repartición de derrota y carestía
Yo los dejé atrás en mi ruta
Jamás sentí que hubiera llegado
Aunque amor y bienvenida me atrapan en casa
Los usurpadores pasan mi copa en cada
banquete como en una última cena.

Se lo dejó en las manos y empezó a caminar. Aashiq la tomó suavemente de la mano para darle otro papel que llevaba desde que la vio partir de casa. De alguna forma sabía que ese momento llegaría; el momento de darle ese papel. El sabía que Kahina era una guerrera y que su viaje no podía concluir con él. Aashiq sabía que esta nueva Kahina que percibió desde que la vio salir a escondidas de Aaghaa sería un regalo para el mundo y que retenerla con aquella excusa del amor, sería el acto más egoísta de su vida. 

Aquí estaré si regresas.

Decía el papel.




jueves, 3 de abril de 2014

Hasta Conocer al León de Judah - Parte 2

Hasta Conocer al León de Judah
Parte 2

En una muy pequeña bolsa llevaba algunas cosas que le pudieran servir. Un lápiz, hojas de papel que le había robado a Aaghaa, una toalla, fósforos y un cuchillo. No sabía hacia dónde iba, pero empezó a caminar. “No puede ser muy distinto a lo que ya sé hacer; caminar sin saber a dónde” –pensó.

Caminaba presurosa cuando, de repente, vio a su vecino del otro lado de la calle. Le dio mucho miedo quedarse para saludarlo. Si bien era obvio que los dos guardaban deseos de hablarse, e incluso, de tocarse, no podía arriesgarse a cuestionar la tradición de los hombres, que seguramente le habían inculcado a su vecino también, en procurar que las mujeres se guarden para sus maridos y por ende, decirle a Aaghaa que me había visto huyendo. Así que sacó un trozo de papel y su lápiz para escribirle una pequeña nota. Kahina sabía que él la observaba. Cuando quiso empezar se dio cuenta que no sabía su nombre. “Querido…” nunca le había preguntado. Así que lo tachó y empezó a escribir sin la debida introducción que estaba segura que llevaban las cartas de amor, aunque recordó que no todas debían de empezar así, como lo había leído de pequeña de un tal Becquer.

<Se preguntarán cómo una mujer como Kahina sabe leer y escribir. De niña su madre le enseñaba a leer y a escribir a escondidas de su padre. Se encerraban en el baño por lo menos 15 minutos al día para indagar en los libros que de alguna forma su madre había conseguido guardar de su padre. Entre su literatura, las cartas de Becquer que un gringo había decidido dárselas sólo porque pensó que estaba haciendo su obra del día, y de repente, quería un poco de sexo. La mamá de Kahina había aprendido de su abuela. Era una aparente tradición que las madres les habían enseñado a sus hijas con tal de que alguna se atreviera a hacer algo, pero ninguna lo había hecho, hasta ahora. Ese gringo jamás se imaginó que esas cartas llegarían una generación después para declarar amor de la forma más cotidianamente rápida.>

“La cárcel de mi cuerpo me mantenía en cautiverio, pero el paraíso de mi mente me mantenía libre. Tu estabas en ese paraíso que me mantenía hirviendo por dentro y hoy, me libera completa.” Tiró el papel y salió corriendo sin saber si su vecino captaría la idea que era para el.
Salió de su kebele y otra vez un sentimiento agridulce invadió su corazón; estaba feliz por dejar la vida que la acomplejaba, pero estaba triste por dejar la vida que la había hecho reaccionar en querer salir de ella.


La contrastada vida de Kahina empezó en Gambela, un Estado de Etiopía. En Gambela, desafortunadamente para ella y para muchas más, hay más hombres que mujeres. Podría haber 1,5 hombres por cada mujer, pero a Kahina le había tocado a Aaghaa. Su grupo étnico son los Nuer, que se dedican al ganado y a la agricultura principalmente. Kahina nunca había aprendido a trabajar lo que los de su etnia hacían porque Aaghaa la dejaba en la casa sin poder salir. Así que ella sabía poco o nada de subsistir sin un hombre a su lado. “¿En qué estaba pensando al irme de mi casa sin saber qué hacer?” –pensó. De todas formas ya era muy tarde para regresar ya que seguramente Aaghaa se había dado cuenta que no estaba y ya la estaba furiosamente buscando. Su sudorosa piel le indicaba que ya había caminado bastante. “Ya no debo de estar Gambela” –pensó, y en efecto, se encontraba en Adis Adeba, una de las ciudades más importantes de Etiopía. Sacó su pequeña toalla de su bolsa y se secó la frente por todo el sudor que el escurría. Caminando por la calle principal, se encontró con un grupo de danzantes y músicos. Estaban amenizando con un Ethio-jazz. Si algo había aprendido a hacer Kahina cuando Aaghaa la dejaba sola, era bailar. Sin pensarlo dos veces empezó a bailar con el grupo moviendo los hombros y la cabeza que es una de las formas de baile tradicional en Etiopía. Hacía sonidos con la boca y jamás se recordó que había caminado por kilómetros para llegar allí; no estaba cansada. Cuando más extasiada estaba de ver la libertad de las mujeres al bailar en esa gran ciudad se dio cuenta que allí estaba él. La observaba fijamente como asombrado de verla bailar de la forma en que lo hacía. Inmóvil, no sabía que hacer. No sabía si correr o meterse entre la gente. Allí estaba su vecino. Ambos se vieron fijamente sin saber qué hacer. Segundos después su vecino se acercó a ella y le mostró el papel que Kahina había tirado al suelo cuando todavía estaba en Gambela. Su corazón palpitó tan fuerte que se avergonzó de pensar que el los podía escuchar. “¿Esto era para mi?” –le preguntó su vecino. “Si”, -contestó Kahina con el corazón en la mano y con la música en el cuerpo. Entonces empezaron a bailar juntos y al fin, se tocaron.

miércoles, 2 de abril de 2014

Hasta Conocer al León de Judah - Parte 1

“Hasta Conocer al León de Judah”
Parte 1
Por: Paula Orellana Cardona

Esa mañana Kahina vio sus pies por primera vez de una forma que no lo había hecho antes. Los vio como único medio de transporte hacia su nueva vida. Con su pelo negro y espeso, su piel hacía juego con su pelo, sus ojos café oscuro, su falda de colores y su clítoris remendado empezó el viaje de su vida.

A sus 16 años conocía muy poco de la vida e iba a seguir así por estar casada con un hombre malo, malo –decía ella. Había pasado los últimos años de su vida junto a él por una de las desgracias que la hacían parte de ese gremio, la menstruación. A sus 12 años se hizo mujer y se vio obligada a vivir con Aaghaa. Un hombre de 32 años, musculoso, atractivo para las otras mujeres, alto, de piel negra, de cabeza rasurada, habilidoso y no muy inteligente que, irónica y  estúpidamente, su nombre significaba “maestro de”. “¿Maestro de qué?” –Pensaba Kahina.

Una mañana Aaghaa la agarró todavía medio dormida, le quitó la ropa. Para él, era procrear. Para ella, era violación. Cuando esto ocurría Kahina sólo cerraba sus ojos y se imaginaba cosas hermosas. Un abrazo, una flor, un beso, un estofado o incluso su vecino que hacía ya bastante tiempo cruzaban miradas que decían más que su única conversación; “hola”.

Al cabo de unas semanas, vino. Vino la menstruación. Ver lo rojo en su ropa era un sentimiento agridulce. Daba gracias porque no había engendrado a tal criatura con los genes del maestro, pero significaba una golpiza por ofender a Aaghaa. ¿Había algo que hubiera hecho para merecer eso? En realidad no lo sabía. No conocía nada más. Toda su vida vivió así, sólo que de niña aprendiendo de sus padres.

Despertó esa mañana, La mañana. Aaghaa se levantó tarde. Eso no pasaba nunca. Tuvo un dilema, uno de esos conflictos dónde sabes lo que tienes que hacer antes que pase el momento. Se dirigió al patio, tomó un leño, se paró del lado de la cama de Aaghaa. Lo vio, lo miró, lo observó. Tenía la vida del maestro en sus manos. Se quedó así por unos minutos, meditando, recordándose de todas las veces que la golpeó, que la violó, que la amenazó y que el se lo disfrutó. De repente, Aaghaa, todavía dormido, se rascó la nariz y asustada de pensar que se iba a levantar lo golpeó. Y lo golpeó y una vez muerto, lo golpeó otra vez.


Sin expresión en el rostro, rodó una lágrima. Se la secó y se sentó al lado Aaghaa. “Algún día esto iba a pasar” –dijo Kahina. “Perdón”. Repentinamente, despertó. Todo había sido un sueño. Se levantó con lágrimas en los ojos. Al voltear a ver Aaghaa, seguía dormido. “¿Es esto una señal?” Su corazón se llenó con un sentimiento que no había experimentado antes. El sentimiento de pensar que no estaba sola, que alguien la cuidaba. Se levantó de prisa, pero esta vez no a conseguir un leño. Agarró sus cosas y se fue sin hacer un solo ruido. Así fue como al salir de su casa vio sus pies y empezó el viaje. Su viaje.


martes, 4 de marzo de 2014

No Te Agarro La Mano

Me levanté a las 9:00 para ir a trabajar. Me metí a la ducha, usé jabón especial de ese que venden ahora en los super mercados; "íntimos" que le llaman. Salí y sequé mi bien tonificado cuerpo; mi trabajo me ha permitido mantener una figura esbelta. Recibo la llamada matutina de mi mamá a lo que platicamos de lo caro que está el tomate.
Rímel en las pestañas, blush en las mejías y rojo en los labios, de esos waterproof por aqueo de las mojadas.
Tacones, falda negra y blusa escotada y saco encima. 9:47, se me hace tarde para mi primera reunión.
Entro al hotel y me siento en la recepción. Rebeca, la recepcionista, me dice que el caballero en el bar me está esperando. Nos hemos hecho amigas y de paso, por cliente le paso una pequeña comisión.
Entro al bar y la mirada asquerosa del corbatudo me dice que se lo comen las ansias. "Le puedo sacar ventaja" -Pienso. Me pide una copa de vino, sonrío con sus chistes y cruzo la pierna cada cierto tiempo. Le toco su gorda pierna y le digo que pasemos al postre a lo que me responde con "almorcemos antes" en tono gracioso, según el. Hago como que me urge irme con el y subimos al 7º nivel. ¡Qué linda Rebeca, siempre me aparta el mismo cuarto!
Como cualquier hombre, piensa que tiene el control de la situación y me da la vuelta colocando su erecto pene entre mis nalgas, claro, todavía tenemos ropa. Me sube la falda y me baja la tanga. El estúpido me la rompe y hago como que me gusta, por aqueo de las propinas. Me quita la blusa y prenda por prenda me quedo desnuda. Me dice que le baile a lo que le respondo "eso te saldrá más caro". En realidad no cobro más por el baile ya que me gusta bailar, pero este tipo no me agradaba para nada. Le hice el baile y empezamos con la penetración. Yo pensé que iba a ser de esos con los que a los 5 minutos ya estaba cambiada, pero no. El corbatudo seguía y a los 10 minutos que la sequía me empezaba a incomodar, me coloqué un condón en el dedo y se lo introducí por el recto. Yo sabía que no era el clásico macho que quería aparentar ser y al que le hubiera ofendido tremendamente el solo acto de rozarle la nalga. Terminó en los siguientes 30 segundos.
En la regadera sentí como se me fue quitando el sudor del viejo. Salí y el seguía tirado en la cama como vil manatí.
Se me hacía tarde y le pedí el dinero. En efecto, me pagó la bailada y la propina de más. Quizo salir agarrado de la mano conmigo; "No te agarro la mano, sólo tu dinero".
Camino de regreso, como llevaba unos lenes de más pasé pagando la luz y fui a traer a mi nena al colegio. Al final del día el abrazo de Bárbara es el único sincero que he tenido.

Te tengo que dejar amiga, ¿platicamos luego? Chao.

martes, 27 de agosto de 2013

El hombre llamado Namarasotha – Cuentos Africanos Tradicionales

Una aproximación a otra cultura.


"El hombre llamado Namarasotha"

Había un hombre que se llamaba Namarasotha.  Era pobre y andaba siempre vestido de harapos.  Un día fue a cazar.  Al llegar al bosque, encontró un impala muerto.  Cuando se preparaba para asar la carne del animal, apareció un pajarito que le dijo:
          -  Namarasotha, no se debe comer esa carne.  Continúa un poco más que lo que es bueno, estará allá.
El hombre dejó la carne y continuó caminando.  Un poco más adelante, encontró una gacela muerta.  Intentaba, nuevamente, asar la carne cuando apareció otro pajarito que le dijo:
Namarasotha, no se debe comer esa carne.  Siempre avanza, que encontrarás cosas mejores que eso.
El obedeció y continuó caminando hasta que vió una casa junto al camino.  Paró y una mujer que estaba al lado de la casa, lo llamó, pero el tuvo miedo de acercarse puesto que estaba muy harapiento.
            – ¡Ven aquí! – insistió la mujer.
Entonces Namarasotha se aproximó.
           – Entra, le dijo.
El no quería entrar porque era pobre.  Pero la mujer insistió y Namarasotha finalmente entró.
Ve a lavarte y ponte estas ropas, le dijo la mujer.  Y el se lavó y vistió pantalones nuevos.  Luego la mujer declaró.
           -  A partir de este momento, esta es tu casa.  Tu eres mi marido y de ahora en adelante, eres tu quien manda.
Y Namarasotha se quedo, dejando así de ser pobre.
Un cierto día había una fiesta a la que debían asistir.  Antes de partir a la fiesta, la mujer le dijo a Namarasotha:
            -  ­En la fiesta a la que vamos, cuando bailes, no debes mirar hacia atrás.
Namarasotha estuvo de acuerdo y partieron juntos. En la fiesta, bebió mucha cerveza de harina de mandioca y se embriagó.  Comenzó a danzar al ritmo de la batucada.  A cierta hora, la música estaba tan animada, que miró hacia atrás.  Y en ese propicio momento, volvió a estar como estaba antes de llegar a la casa de la mujer: pobre y haraposo.
Moraleja:   Todo hombre adulto debe casarse con una mujer de otro linaje.  Sólo así será respetado como hombre y tenido por “bien vestido”. El adulto sin mujer es “desharrapado y pobre”.  La verdadera riqueza para un hombre es la esposa, son los hijos y su tierra.
Los animales que Namarasotha encontró muertos, simbolizan a las mujeres casadas y si comiese de esa carne, estaría cometiendo adulterio.  Los pajaritos representan a los más viejos, que aconsejan casarse con una mujer libre.  En las sociedades matriarcales del norte de Mozambique (de donde proviene el cuento), son los hombres quienes se integran en los espacios familiares de las esposas.  En estas sociedades, el jefe de cada uno de estos espacios, es el tío materno de la esposa.  El hombre casado ha de sujetarse a las normas y reglas que este traza.  Si se revela e impone sus reglas, pierde su estatuto de marido y es expulsado, quedando cada cónyuge con lo que llevó para el lugar.
Cumpliendo siempre lo que los pajaritos le iban diciendo durante su viaje en busca de “riqueza”, Namarasotha acabó por encontrarla: se casó con una mujer libre y obtuvo un lugar.  Pero por no haber seguido el consejo de la mujer, perdió el estatuto dignificante del hombre adulto y casado.
Eduardo Medeiros (org)
Cuentos Populares Mozambiqueños, 1997
Traducción: Bárbara Igor

P. D. Como reflexión ¿Es esto feminismo, matriarcado, o sólo la normalidad de otras culturas? ¿¡tenemos que ponerle etiqueta a todo!?
"Que contrarios podemos ser entre blancos y negros". - R.F.



lunes, 12 de agosto de 2013

Juana

Este es un cuento escrito por mi casi colega amigo (como diría él) Marcelo Colussi, escritor, psicólogo, filósofo nacido en Argentina, crecido saber dónde, residente de Guatemala (chapinísimo, por cierto). 



JUANA

Por: Marcelo Colussi

Cada tanto recordaba su origen: la imagen de la favela de San Pablo le retornaba insistente. Si bien eso había sido mucho tiempo atrás –con seis años había marchado con su familia a vivir en un barrio otorgado por el gobierno, en casa de ladrillos– la historia de su infancia, y la de la violación, era algo que nunca desaparecía. Tampoco podía olvidar la histórica discriminación que sufrían los negros descendientes de esclavos africanos, tal era su caso.

Había pasado por más de un tratamiento psicológico, y en muy buena medida había logrado procesar todo el espanto de esa pesadilla ya tan lejana. No obstante, ante circunstancias difíciles como la actual, reaparecían los viejos fantasmas.

Se encontraba en el despacho principal, y sus dos secretarias –una morena, de Sudán, otra rubia, noruega– esperaban ansiosas alguna respuesta. La reunión con la más alta jerarquía había sido por la mañana; habían asistido representantes de todos los lugares donde la institución tenía presencia. Había, por tanto, enviados de los cinco continentes, de más de cien países. 

El encuentro había sido tenso; lo cual era comprensible: era la primera vez que la organización se hallaba en una disyuntiva tan apremiante. Las fuerzas chinas tenían ocupado prácticamente toda Asia, y su poderío misilístico nuclear apuntaba tanto a los Estados Unidos como a Europa. El margen de maniobra era muy pequeño, y el tiempo se agotaba. Pekín había sido categórico en la demanda: la Secretaría General de las Naciones Unidas debía aprobar la invasión de los dos últimos países –Arabia Saudita e Irán– o comenzaría el bombardeo impiadoso sobre las cinco principales ciudades de la costa oeste del país americano, que a su vez había tomado, con apoyo europeo, todo el África, incluido el norte islámico. 

Los chinos eran terminantes. Si habían dado un ultimátum, era de creerles. Y de temerles. Sus armas ya no eran como las de principios de siglo; ahora, en el 2045, gracias a una aceleración infernal de su economía y de su desarrollo científico, habían puesto casi de rodillas a Washington. No más de diez misiles intergalácticos con ojiva nuclear múltiple cargados con el nuevo material radioactivo traído de Marte –disparados desde satélites estacionarios– bastaban para terminar en pocos segundos con el país americano. Y disponían de varios cientos. La Organización de Naciones Unidas, tan manoseada por años, había vuelto a tener cierto protagonismo en el panorama internacional; era por eso que se requería su intervención bendiciendo la acción militar. Dado lo complejo del entretejido de los hechos, se había pedido también la participación de la Iglesia Católica, que aún detentaba algunas cuotas de poder. Pero no era fácil tomar una decisión. 

Justamente por eso, porque lo que se decidiera tendría consecuencias planetarias en el largo plazo, la junta de la mañana había sido larga y tensa. Nadie se atrevía a plantear abiertamente una posición belicista; pero todos sabían que la institución apoyaba, no tan en secreto, la toma del continente negro. Por tanto, de no hacer lugar a la petición china se corría el riesgo –muy alto por cierto– de ser también considerada aliada de los yanquis y de los europeos. La respuesta militar por parte de Pekín era, por ello mismo, muy posible. Y las fuerzas armadas de la institución eran muy modestas, absolutamente lejanas de poder dar una batalla con posibilidades de éxito, aunque dispusiera de armamento nuclear. 

Ambas secretarias, en provocativas minifaldas, volvieron a entrar al despacho. El nerviosismo reinaba en el ambiente. María, la pródigamente dotada nórdica de lechosa piel, intentó ser simpática con algún chiste, a modo de distender un tanto la situación. Aunque era su preferida, y en otros momentos había recibido muestras del más enternecedor cariño, ahora obtuvo por toda respuesta un pellizco en la nalga, por debajo de la falda roja. Por cierto el pellizco no pretendía ser tierno; había sido, en todo caso, una descarada agresión física. María no respondió. 

En general no se comportaba así; su actitud dominante era la serenidad.  Con sus cuarenta y ocho años bien llevados y una muy buena condición física – hacía dos horas diarias de gimnasia–, aunque era persona pública, internacionalmente pública, lo cual abría la posibilidad de tener más de un detractor, no contaba con enemigos a nivel personal. Afable, siempre con una sonrisa sincera, espontánea, su carisma era proverbialmente conocido. Nadie podía decir que alguna vez se hubiera sentido mal en su presencia. Pese a su condición de persona negra, o justamente o por eso, era un paladín de la lucha antiracial. 

Una vez más, como sucedía en momentos difíciles, se refugiaba en la lectura de Bartolomeo Sacchi –en latín–; su compleja obra "Historia de la vida de los papas" la conocía a la perfección, luego de innumerables recorridos. A partir de ella se había inspirado para pintar La muerte de Juana, patética y bien lograda obra donde se plasmaba el linchamiento y consecuente muerte a que habían sido sometidos en Roma, hacia fines del siglo IX, la papisa Juana y su recién nacido hijo. Ese hecho le parecía impresionante, tanto como su infantil violación; eran de las pocas cosas, quizá las únicas, que retornaban cíclicamente en su discurso. Su pintura –hecha más a título de pasatiempo que con pretensiones estéticas serias– reflejaba un abanico de temas, y ni lo religioso ni lo truculento ocupaban un lugar de privilegio. Le interesaban por igual el amor, la niñez, el sexo o la ecología. 

Desde hacía ya un par de décadas en la Santa Sede se venía dando una serie de cambios para estar acorde a los tiempos; el aumento incontenible de las sectas evangélicas en Latinoamérica y de los grupos fundamentalistas musulmanes en Asia, África, América del Norte y Oceanía, así como un agnosticismo creciente en Europa y la fascinación por la robótica, habían llevado a la religión católica a una casi virtual desaparición. De ahí que la alta jerarquía vaticana introdujera osadas transformaciones en su estructura institucional, a fin de mantener con vida una tradición más que doblemente milenaria. No sin resistencias internas, en años recién pasados se había eliminado el celibato, se había aceptado la presencia femenina en el curato –las sacerdotisas, sin embargo, no podían quedar embarazadas–, había terminado por aceptarse la planificación familiar y el aborto como prácticas normales, y se había delineado una estrategia mediática que empalidecía el mercadeo de películas realizado por los hindúes, apelando a las más sutiles –y espantosas– técnicas de penetración psicológica. En esa lógica se había aliado a la Coca-Cola International Company, siendo el  joint venture de provecho para ambas instancias: los fabricantes de refrescos eran bendecidos por dios, y tenían asegurada publicidad gratuita en miles de iglesias en toda la faz del planeta. Y el Vaticano, a través de un simpático y sonriente Jesús –en tres versiones: rubio, moreno y oriental– aparecía en millones y millones de envases. Dios toma Coca-Cola decían las etiquetas. 

Ante el pellizco, las dos secretarias optaron por retirarse sin abrir la boca. Sabían que cuando se ponía así era mejor no dirigirle la palabra; si bien su actitud era dulce, a veces podía adoptar un aire terriblemente agresivo. Tal era el caso ahora; y en esas circunstancias era mejor alejarse. 

Pasó hacia la sala contigua al despacho principal; allí tenía instalado su taller de pintura. Trabajar ahí, pintar un poco, cuando la tensión subía tanto como ahora, le hacía sentir bien. Pensó en una nueva versión del suplicio de Juana la papisa; desde mucho tiempo le interesaba hacer algo remedando la pintura primitivista que había visto en Guatemala, en Centroamérica. El cuadro que había producido ahora, dos años atrás, cuando comenzaba su mandato, tenía un aire renacentista con algún destello surrealista. Combinación rara, por cierto; pero que no le incomodaba estilísticamente, y cuya utilización no dejaba de tener cierta aura atractiva. 

Pintar una violación le parecía demasiado funesto; suficiente con haberla padecido. La lapidación de este mítico personaje de la Iglesia Católica le fascinaba. Le parecía arquetípico, símbolo absoluto de la hipocresía del mundo: una institución que por milenios prohibió entre sus filas la presencia de mujeres y cuyos miembros masculinos hacían votos de castidad, mientras que se cansaban de tener hijos ilegítimos o relaciones homosexuales. Una institución patriarcal y verticalista como ninguna otra, donde una mujer pudo llegar a ser su primer dignatario a costa de la transgresión, pero el día que dio a luz fue ajusticiada por una plebe manipulada, asustadiza y profundamente conservadora, producto todo ello de una jerarquía misógina y enfermiza. La figura de esta Juana le parecía un símbolo, si bien no tan evidentemente válido en años anteriores, más que actual hacia mediados del siglo XXI.  Juana y la transgresión: nuestro camino había pensado que cabría mejor como título del cuadro. Optó, finalmente, por el otro más convencional. 

Hoy día ya no era prohibida la presencia de la mujer en la estructura del poder eclesial. Había dejado de ser diabólica; aunque ello era producto de un reacomodo forzado. Hondamente sabía que la odiaban. 

La odiaban profundamente por ser mujer, por ser negra, y por su origen de pobre y marginal. A veces, pese a lo traumático de sus primeros tiempos de vida, la enorgullecía venir de una favela. Sin tener muy arraigada una preocupación por lo social, en términos viscerales no se sentía a gusto con los funcionarios que ella llamaba aristocráticos. Es decir, aquellos que no venían de historias de exclusión tan notorias, que estaban acostumbrados desde siempre a pertenecer al círculo de los afortunados, de los integrados al sistema mundial. El solo hecho que se hablara de  inviables le parecía una falta de respeto en términos humanos. Un favelado no es viable, rezaba el catecismo económico de la economía de libre mercado; lo cual le parecía horrendo, inadmisible. Ella representaba a los eternamente hechos a un lado, a los inexistentes, a los que no cuentan. Se sentía igual que Juana I: de campesina a papisa, titánico esfuerzo personal mediante. Igual que ella, era una marginal. Sólo con un denodado arrojo había podido llegar a estudiar, venciendo la marginación crónica que la postergaba; su impresionante talento había hecho el resto. 

Era, sin proponérselo de manera consciente, un símbolo de la irreverencia. Iconoclasta visceral, su vida misma era una invitación a la heterodoxia, a la herejía. Repitiendo la mítica historia de Juana la inglesa, también ella había tenido sus benefactoras, gracias a las cuales había accedido al papado. No debía favores, en sentido estricto, porque con ambas había sido amante en su momento, pero nada las unía ahora. Con una de ellas, aunque ya de forma muy tenue, aún se encontraba ocasionalmente; sin embargo eso no traía deudas: eran algunos encuentros inocentes, sólo eso. Ahora su pasión estaba depositada en María, la sensual secretaria políglota con la que mantenía una relación fogosa –oculta, por supuesto.

Ya entraba la noche y Juana II –tal era el nombre que había adoptado para papisa, no sin discusiones, dado que muchos miembros del consejo cardenalicio no reconocían la existencia de la primera, un milenio atrás– aún no daba una respuesta. María desesperaba; cuando Su Santidad se ponía así de caprichosa, de agresiva, era intratable. De amante ella lo sabía, y lo padecía más de una vez. Las llamadas se sucedían frenéticas, y era ella quien tenía que responder. A su vez, luego, el vocero papal se encargaba de presentar las cosas. Aunque no había mucho para informar en realidad.

De pronto Juana tuvo una repentina idea –una revelación se hubiera dicho en otros tiempos. Si era ella la elegida por el rey de reyes, el primer motor, el sumo dador de vida y dispensador de favores; si ella ocupaba la silla de San Pedro por designio divino, ¿por qué no aprovechar todo ese poder para intentar algún cambio de verdad? 

A veces, muy en secreto –con María, por lo común luego de hacer el amor, le venían ganas de sincerarse y abrir una crítica feroz contra toda la institución–pensaba que era inadmisible que ellos, la Santa Madre Iglesia, siguieran pensando con criterios de más de dos mil años atrás; que al lado de los fenomenales problemas del mundo todavía fueran tan ciegos. Le parecía abominable que la disposición del papa anterior prohibiera a las sacerdotisas tener hijos. Si no se hubiera hecho la operación de ligadura de trompas cuando andaba por los treinta años, algún tiempo atrás se hubiera atrevido a buscar un embarazo. Aunque entendía que era un riesgo a cierta edad, lo hubiera hecho más con espíritu contestatario, de pura irreverencia. Soñaba, incluso, con adoptar algún niño de su favela de origen. De papisa ¿quién se lo impediría? De todos modos también se daba cuenta que no disponía de todo el poder que hubiera deseado. Se había aceptado la entrada de la mujer en la carrera vaticana más que nada porque los tiempos así lo exigían, pero muy en el fondo sabía que el patriarcado no había terminado. 

Pensó entonces en hacer una jugada política bastante atrevida. Llamó de urgencia a algunos de sus pocos asesores en quienes confiaban. El más cercano era también un brasileño. Se le ocurría que esta era una buena circunstancia para intentar realizar un viejo sueño. Se podía negociar a dos puntas: reconocer la invasión china sobre los dos países del golfo pérsico y mirar para otro lado a cambio del apoyo de Pekín para el traslado del Vaticano a San Pablo, Brasil. Si los jerarcas chinos recibían un reconocimiento de la Santa Sede, lo cual era una virtual bendición y tácita aceptación de su política de expansión, se establecía un equilibrio: ellos en el Asia y Oceanía, los rubios en Africa y Latinoamérica….  y Dios con todos. Este reconocimiento diplomático bajaba las tensiones y daba oxígeno; nadie tenía que buscar entonces demostraciones de fuerza –que, en este caso, podían implicar la muerte de cientos de millones de personas y pérdidas económicas inconmensurables. Occidente perdía terreno, pero evitaba una carnicería, y una muy probable derrota. El Vaticano hacía un juego múltiple, y con nadie quedaba mal; por lo cual, muy justificadamente entonces, podía pedir su recompensa. 

Juana II se sentía pletórica. En realidad no lo había pensado mucho, había sido una respuesta inmediata, casi una inspiración divina; en realidad lo que más le preocupaba era la reacción de la Coca-Cola International Company. Eran ellos, desde hacía algún tiempo, los más feroces defensores de la contención de China.Y no sin motivos: los refrescos producidos en el país oriental le habían quitado ya más de un tercio de mercado a nivel global. Sin embargo la morena papisa era de la opinión que  si no puedes contra ellos, pues entonces úneteles. Años de ignominia, transgresión e hipocresía la habían curtido.  Todo vale, era su lema. Con eso no hacía sino poner en palabras lo que era su cruda experiencia de vida. 

Los funcionarios con que se reunió eran, si bien no precisamente progresistas, al menos los menos misóginos. No la respetaban tanto a ella –era mujer, y ni qué decir si se hubiera sabido de sus tendencias homosexuales– sino a su investidura. Después de exponer detalladamente sus puntos de vista –lo hizo en italiano; hablaba perfectamente siete idiomas– todos quedaron callados por un buen rato. Nadie se atrevía a tomar la palabra, hasta que un viejo cardenal de origen español lo hizo. 

El plan estaba bien urdido, sin embargo la fuerza de la tradición tenía un peso inimaginable. ¿Cómo trasladar el Vaticano fuera de Roma? ¡Imposible! El polaco Juan Pablo II, a fines del pasado siglo, había inaugurado la tendencia de los pontífices a viajar fuera de la ciudad sagrada; pero trasladar la ciudad sagrada era otra cosa. Herejía, apostasía. Para algunos de los presentes era blasfemo, insoportablemente sacrílego el sólo hecho de pensarlo. Juana vio que, una vez más, estaba sola. Sola y desamparada, como en la favela. 

Incluso su consejero coterráneo no atinó a defender la propuesta. El era bastante conservador; y además, era rubio, de origen austríaco. 

Una vez más también pensó Juana II que mejor ser varón. Con eso nada se arreglaba, pero la ratificaba en su desprecio por el patriarcado. 

Pekín esperó dos días más, y en vista que no recibía señales claras ni del Vaticano ni de las Naciones Unidas, atacó. Nunca se supo con exactitud la cantidad de muertos, pero según cálculos bastante precisos se estimó en alrededor de noventa y tres millones de desintegrados por la fisión termonuclear asistida de los tres misiles caídos. 

La papisa Juana II intentó dimitir, pero no se lo permitieron. Tuvo que soportar a pie firme el desarrollo de la nueva guerra. Finalmente la Santa Sede debió instalarse en otra ciudad, no tanto por la intención de la pontífice, sino debido a la destrucción sufrida en Roma. En la nueva morada –la austral Ushuaia, en Tierra del Fuego, una de las pocas regiones del planeta no contaminada con energía atómica– vivió menos de un año. Nunca quedó claro el motivo de su muerte; algunos dicen que fue apuñalada por su secretaria noruega (fue la versión llamémosle… oficial). Otros, bien informados, dicen que se repitieron los hechos del último papa italiano de la historia, Albino Luciani. De todos modos ninguna autopsia reveló envenenamiento. Algo curioso fue el anónimo descubierto al pie de su lecho de muerte –nunca revelado–, grotescamente burdo, escrito sobrepapel negro, con semen: in sempiterna saecula saeculorum. Amen.


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